El paraíso de San Martín


El lunes de la semana pasada nos enrumbamos al lado oriente del Parque Nacional Río Abiseo en la provincia de Mariscal Cáceres de la Región San Martín, una ruta llena naturaleza viva y desafiante que se imponen en el corazón de nuestra selva, donde cataratas, animales salvajes, colpas de papagayos, sórdidas cuevas con diseños de catedral, abundante biodiversidad y su gente, se aprestan a conquistar el turismo en esta parte del país.

Escribe: Iván Reyna Ramos
Fotos: La Patarashca


Desde la ciudad de las palmeras como se le conoce a Tarapoto nos dirigimos a Juanjuí por una carretera que está en prospecto de asfaltarse próximamente con lo cual se reduciría el tiempo de viaje a hora y media de las cuatro horas como se alarga actualmente. Ya en Juanjuí nos embarcamos en un deslizador por el río Huallaga hasta continuar por el río Huayabamba y parar en el distrito de Huicungo, donde Víctor Macedo, responsable del Centro de Interpretación del Parque Nacional Río Abiseo, con maqueta y mapas nos informa de la dimensión histórica, cultural, geográfica y natural que vamos a seguir en los próximos días.

Boca del tigre
Una vez ilustrados del futuro que nos depararía por el interior del parque natural, seguimos por el mismo Huayabamba y a sólo cinco minutos de Huicungo nos encontramos sombreados por rocas gigantes y espesa de vegetación al que la población llaman "La boca del tigre". Se trata de una montaña que se recuesta en el río, una montaña convertida en morada de guacamayos y por eso hoy es un excelente mirador para los turistas.

Este encantador paisaje, es una muestra de bienvenida de lo que vendría después, una naturaleza repleta de biodiversidad, con ríos que crecen y bajan al compás de las lluvias y nosotros surcando sus rápidos que ponen a prueba la pericia del motorista Alfredo Shapiama Izquierdo, quien sin vacilaciones nos lleva a este viaje, que para nosotros, es nueva y expedicionaria.

Al mediodía llegamos al hospedaje privado "6 de 7 Abiseo Aventura" que se ubica en la quebrada de Churo, un hospedaje recién instalado pero que ya cuenta con habitaciones, carpas, agua y desagüe. Aquí Alejandro "Sander" Nikolov, administrador del acogedor hospedaje nos comenta ya ha recibido a holandeses, alemanes, canadienses y españoles. Esta vez estamos nosotros y un equipo de periodistas invitados por la Dircetur de San Martín, estamos a 170 kilómetros de Tarapoto y con un sol abrasador que merece tomarse varios vasos con refrescos de carambolas.

Repuestos de líquido y con ganas de empezar a caminar por el bosque, nos trasladamos al obligado puesto de vigilancia del Parque Nacional de Río Abiseo a fin de registrar nuestro ingreso, y aquí otra vez las recomendaciones del caso, esta vez impartidas por Linder Pinedo Angulo, guardaparque con formación técnica en conservación, y responsable de la vigilancia del Parque. 

Vida en las cuevas
Nuestro destino era conocer "La cueva de los franceses" y también "La cueva del otorongo". Entonces, sin pensarlo dos veces, nos enrumbamos a Churo Alto, caminamos junto a la disciplina del guardaparque Chali Rengifo Panduro, y junto a la sombra de la espesa vegetación, escuchamos los cantos melancólicos del paujil en busca de su media naranja, nos detuvimos en un momento para observar el vuelo de una mariposa cuyas alas eran totalmente transparentes, reconocimos algunos hongos comestibles, e incluso estuvimos muy cerca de toparnos con una manada de sajinos que minutos antes habían cruzado nuestro camino. El olor a selva salvaje es impactante.

Así de natural es la quebrada de Churo, árboles que se estiran hacia lo alto, nidos de termitas y hormigas adornan el camino. Por suerte el sol nos acompaña con su embriagadora temperatura de 35 grados, y entonces es hora de probar agua de uña de gato (uncaria tormentosa), que abunda en este paraje natural. Con la seguridad de haber tomado la medicina más cotizada en los últimos tiempos, continuamos hasta llegar al punto que habíamos escogido.

Nos paramos frente a la cueva de los franceses que se encierra en una quebrada rocosa, con dos metros de ancho y hasta diez de alto y con una profundidad de 200 metros, prendimos la linterna a mano y nos internamos donde la oscuridad se confunde con la humedad, observando cada detalle, cada roca, aquí donde escasea el oxígeno y sólo se puede escuchar nuestro propio silencio. Un silencio que de inmediato se llena con el abundante cuarzo en las entrañas de esta catedral llena de candelabros y misterios.

Una cueva que guarda celosamente muchos secretos, y también muchas velas se han prendido para alumbrar no sólo el espacio oculto sino rendirle plegarias a los misterios que entrañan sus profundidades. Una cueva que encantó a unos ciudadanos franceses creyendo que en el fondo había oro, pero su afán de riqueza le llevó a la muerte a uno de ellos, y desde entonces, ha sido bautizada como la cueva de los franceses.

Al salir de esta cueva, caminamos unos cinco minutos más al sur y de pronto estábamos en una caverna imponente por su altura y curiosamente de cavidad estrecha. Se trata de la cueva del otorongo, compuesta de roca calcárea, y escogida como morada de guacharos y murciélagos, y también de loros y shamros, y además, aquí baja el otorongo para servirse de sus alimentos.

Se estima que esta caverna tiene una longitud de 2 kilómetros, y ya en su trayecto final sólo deja pasar el agua hasta profundizarse en el propio cerro. Es en esas cavidades donde la mirada se pierde en puntos indistinguibles y que los entendidos hablan de comunidades de guacharos en números de miles, que durante el día reposan hasta llegar la noche en que se levantan para continuar el mundo al revés.

Según Linder Pinedo, en 1997, un equipo de Frecuencia Latina se aprestaba a rodar un documental en esta cueva, cuando de pronto un otorongo pegó un salto salvaje por encima de los periodistas y luego otro salto que concluyó en su fugaz escape. Fue tan rápido que ni las propias cámaras registraron el salto, y desde entonces se le conoce como la cueva del otorongo. Una cueva suavizada por pequeñas lagunillas que animan a sumergirse en un chapuzón y contemplar la naturaleza. Y más aún, imaginar que si en el día es descanso, la noche es movimiento y la vida es estas cuevas empieza a desbordarse.

Vuelo de guacharos
De regreso, Benito Tapullima Fasabi, el chef del hospedaje había preparado un suculento almuerzo en base a gallina, juanes envueltos en hojas de bijao, jugo de naranjas, y una copita de uvachado sentó el almuerzo del primer día.

Ya al atardecer, nuestra guía Virginia Centeno Rengifo, bióloga del PNRA, nos anuncia que es hora de ir en busca del mejor espectáculo al fin del ocaso que se puede ver en esta zona.

El bote otra vez en el centro del río y el día va dando sus últimos chispazos. Estamos otra vez en la quebrada El Churo, estamos preparados para ver el vuelo de los guacharos. Antes, hay que acomodarse en una playa, todos echados y mirando al firmamento, de pronto la noche llega con todo su peso, y también llegan los primeros guacharos. En cuestión de minutos se vuelve imposible contar los números de estas aves nocturnas, son miles de miles que salen de las cavernas que horas antes habíamos visitado. Sólo se puede ver la silueta de los guacharos que pegan su cuerpo al río, toman algo de agua, se elevan, dejan caer unas gotas y se van en busca de sus alimentos.

A decir de los entendidos, estas aves nocturnas se alimentan del aceite que se encuentra en el fruto de las palmeras. Pero hay todavía algo más sorprendente, en las noches los guacharos dispersan las semillas de las palmeras y el ecosistema continúa como la cadena de vida irrompible propiciada por su propia naturaleza. Acabar con los guacharos es exterminar la vida de las palmeras, y acabar con las palmeras es atentar contra la vida de los guacharos. Así de simple.

Sin duda, una vida nocturna de grandes lecciones de equilibrio biológico, de grandes espectáculos al despedir el sol, de propiciar estudios respecto a su conservación y de tener la suerte que la función continúa todos los días de año sin pagar tributos. Sólo basta el firme respeto por la naturaleza.

Salto de catarata
Esa noche hablamos de la ayahuasca y los sonados casos de sus más fervientes consumidores, para despertarnos muy temprano y estar otra vez en el río, rumbo a la quebrada de Churo que cuenta con dos pozas de agua divididas por una peña. Vimos que una de ellas tiene la forma de un embudo y la otra con apariencia ovoide.

Fuimos tentados para darnos un chapuzón en estas aguas temperadas y cristalinas, hasta comprobar que el fondo tiene abundante arena y cantos rodados. De pronto, la sensación de unos mordiscos en los pies, se tratan de los cardúmenes que abundan en las pozas.

Luego nos pasamos a la catarata El Oso, de impresionante salto de agua, llena de biodiversidad. Nos hablaron que lleva el nombre de Oso, porque en 1999 un grupo de jóvenes realizaban estudios de aplicación, y de pronto empezó a caer ramas de árboles y muchas piedras hasta que se dejó ver un robusto oso de anteojos. Hoy continúa siendo una hermosa catarata, con caminos acondicionados para entrar sin mayores apuros.

Luego avanzamos y llegamos a la catarata San Jerónimo, una catarata que se desveló hace un mes por las fuertes lluvias, y ahora se puede avistar desde el mismo río. La espesa vegetación y las piedras en su curso le dan un tono atractivo que se llega desde el río Abiseo.

Así llegó la tarde, tomamos sol en las playas con arena blanca, luego un baño en el río para despedir el día. Hicimos fogata en la noche, tomamos unos calentitos de chuchuhuasi, hablamos de temas diversos, y ya el día estaba a puertas nuevamente. 

En olor a gratitud, a las seis de la mañana dejamos el hospedaje y salimos rumbo a la catarata El Breo. Bajamos por el río Abiseo y luego continuamos por el Huayabamba con dirección noreste, contemplando en el trayecto muchas madres lavando ropas a orillas del río, y muchos niños de pie; mientras topas y balsas con cargamentos de víveres, plátanos y gallinas bajan por el río, su única vía natural de comunicarse, aquí donde todo funciona gracias a la madre naturaleza.

Después de unas horas, el río se achica y se encamina por paredes rocosas y saltan muchas cataratas a la vista. De las rocas salen bullicios y entonces estamos frente a las colpas de loros y papagayos. Estamos muy cerca de ellos, nos hacen sombra al volar sobre nuestras cabezas, y la selva anuncia que también estamos frente a la catarata El Breo. 

Desde el río se muestra majestuoso. En un principio el salto de agua de esta catarata caía sobre una plataforma de piedra que con el paso de los siglos se perforó y hoy el espectacular salto pasa por un túnel, dejando un manto sereno fino y refrescante, que con las bondades de la biodiversidad, se imponen a sólo cuatro horas del hospedaje que dejamos, a tres de Juanjuí y a seis horas de Tarapoto. 

Desde arriba, la mirada se llena con el color verde de la quebrada y en lo profundo, el Huayabamba cargado de agua y peces. Una catarata impresionante por su altura de más de 70 metros, una catarata con pisos apropiados para descansar y comer. Una catarata dibujada en los mejores cuadros que cualquier restaurante y hospedaje no dudaría en exhibir.

De gustos y colores
Así, nos despedíamos de la expedición, mirando como los rayos del sol se filtraban entre los árboles que se alzan en todo el recorrido. Una ruta que se abre a los turistas, y que a decir de Luis Castañeda Sanguinetti, Director Regional de Comercio Exterior y Turismo de la Región San Martín, están abocados a promocionar el turismo de naturaleza, de aventura, y sobre todo que el turismo de la región sea sostenible. 

Esa noche descansamos en Tarapoto. El viernes, Cindy Reátegui, estudiante de Turismo y Hotelería de la Universidad Ricardo Palma de Lima, y principal innovadora de las comidas que se prepararan en el Restaurante La Patarashca, es también creativa diseñadora de vestidos de moda, por lo que esa tarde tuvimos la suerte de apreciar la exuberante belleza Tarapoto, modelos con ropas típicas de la región, todo un orgullo de la mujer peruana.

Nos cuenta Cindy, que sus diseños tratan de valorar la cultura étnica de la princesa Ahuashy, hija del cacique de Canchiscucha, una de las leyendas más enigmáticas que ha salido de las cataratas del Ahuashiyacu. 

Sin pensarlo, estamos metidos en la moda verano-otoño 2006. Una moda de faldones largos y cortos en lino crudo y tocuyo con pretinas multicolores, tejidas por las nativas lamistas, quienes utilizan el algodón en su estado natural. Y mientras nos entreteníamos mirando la seducción de Tarapoto, Cindy nos asegura "Con estos diseños quiero incentivar la cultura étnica amazónica dando una nueva opción de vestir, con material de la zona, como tejidos, semillas, plumas, entre otros materiales que se puede utilizar de la región".

Así de natural es la belleza en nuestra selva peruana, repleta de tradiciones, encantos y vivencias que llenan de entusiasmo volver otra vez a esta parte del país. Un paraíso en nuestra propia tierra, en nuestro propio suelo. Un paraíso como la vida misma.

Suscríbete a nuestro boletín para recibir las últimas noticias, diariamente

Ingrese la palabra o frase que desea buscar